La Mesa Redonda Nicaragua

“Los ecos en el Sandino”, Jinotega

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Escrito –estremecedor- de una cuentista jinotegana, que describe el sentir de los habitantes del barrio Sandino, atacado por paramilitares en el mes de mayo 2018.
Nicaragua 05/11/2018 – No lo he oído, salí huyendo desde hace meses, pero no es una sola persona la que me dice que todas las noches, desde la madrugada fatal del 24 de mayo, se oyen ecos en aquel barrio que es conocido como “El pequeño Monimbó del Norte”.
Dicen los pobladores que se oyen los ecos apagados de aquellas balas que una noche mataron en el barrio. Qué las casas más humildes, las hechas de zinc y madera, todavía crujen en la madrugada, como cuando pasaban corriendo los policías detrás de los muchachos que defendían su barrio.
Comienzan a las 12 de la noche, pisadas pesadas de gente corriendo, ecos de caídas. En la acera de una casa pintada en verde, todas las madrugadas se escucha un golpe sordo y pesado en el piso, como el de alguien que cae. La gente que vive cerca dicen que es Benito, porque algunos han oído que el viento se lleva todas las noches el susurro agonizante que dice que no lo maten porque tiene hijos.
En otra cuadra del mismo barrio, la gente cuenta que todas las madrugadas el viento se detiene de golpe, lo único que se escucha es el sonido como de alguien que usa una hulera y el disparo del proyectil ligero. Después de eso, los ecos de unos pasos que terminan después de un golpe en unas láminas de zinc. Las niñas del barrio dicen que ese es el pajarito libertador, Leyting, porque cuando lo encontraron tenía su hulera y unas bolas chinas.
A unos metros de ese lugar se escucha que alguien cae, el suelo tiembla y el viento se lleva la voz cansada de Bryan. “Ya me diste, no me remates”…es la frase que recorre el agua del cauce que Bryan no pudo cruzar. Dicen que suena más fuerte cuando llueve, como si quisiera que su voz recorriera hasta la comunidad del Cacao, donde Mayra, su madre decidió enterrarlo. Otros dicen que suena fuerte cuando llueve para que su mamá sienta que el sigue cuidando su barrio.
Todas las noches también se oyen lamentos y suspiros agónicos, en la cumbre del cerro, donde la gente dice que la policía enterró a varios muchachos que siguieron y torturaron hasta matarlos.
Cuando el viento sopla fuerte, recuerda el eco ahogado de la masacre de julio. Zumba el viento como aquellas balas, la corriente extensa pareciera que alarga la agonía de los proyectiles que iban en contra de los chavalos. Cómo si el sonido se hubiera quedado incrustado entre los árboles del cerro que rodea el barrio Sandino.
Cuando inician los ecos del 24 de julio, algunos valientes se asoman a través de los agujeros de balas que quedaron de cicatrices en sus casas, piensan que estos van a abrir sus ojos para ver quiénes son los que corren por las calles del Sandino todas las madrugadas, pero el sonido de las pisadas sigue y nadie pasa.
“Yo sé que son los muchachos, ellos siguen cuidando el barrio, todavía no pueden descansar, saben que no ha terminado”.
Para la gente que se ha quedado en el último bastión de una lucha, los ecos de los muertos se quedaron para asustar a la policía. “Ellos están cagados en la noche, siempre intimidan, pero no se atreven a subir hasta donde mataron a los muchachos”.
En el cuartel de los sapos, aquella casa comunal que ahora es una guarida, los que se quedan haciendo turnos y rondas no salen solos en la noche. Las más viejitas del barrio dicen que es porque saben que a los muertos las balas no les hacen nada y que ellos no les tienen miedo a los vivos, sino a los que ellos ya mataron en cuerpo, pero no en alma.
(*sapos: apodo popular para quienes apoyan a Ortega-Murillo –incluye policía, paramilitares…).
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