La Mesa Redonda Nicaragua

La sublevación perpetua  

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Sergio Simpson
Reprimir a la población, por pequeño que sea el número de protestantes, genera más inconformidad entre la ciudadanía. Eso lo sabe la generación que vivió la guerra contra la dictadura somocista y el gobierno sandinista de los años ochenta.
Sin embargo, el Señor Presidente Daniel Ortega, su señora, olvidaron, y sus seguidores jóvenes parece desconocer la ira colectiva que provoca la golpiza, encarcelamiento, tortura, y muerte de opositores. La historia de Nicaragua es de insurrecciones.
Para mantener al Frente Sandinista con cuotas de poder, y los beneficios económicos de la cúpula, luego de la derrota electoral de 1990, Daniel Ortega recurrió a paros de transporte, sublevación de universitarios, motines y destrucción en las calles, toma militar de ciudad Estelí, robo a bancos, y otras acciones bélicas.
Ortega, opositor, acusaba de criminales a los diferentes gobernantes que ordenaban a la policía actuara “para mantener el orden” y “preservar la paz” luego de la guerra. Daniel, opositor, afirmaba que era justa la sedición.
Cuando la dictadura somocista, a los guerrilleros acusaban de vándalos, criminales, comunistas, resentidos, asaltantes. Epítetos transmitidos por el general Somoza, coreado por sus idólatras, reproducidos en los medios de comunicación oficialistas.
Ortega, durante la campaña electoral del 2006, pidió perdón y juró haber cambiado, pero en su presidencia prohíbe y reprime las manifestaciones de opositores, pequeños conglomerados, y crea fuerzas juveniles de choque, financiadas con el erario, protegidas por la policía y los tribunales.
Jóvenes y adultos, a fines de abril, iniciaron plantones cívicos, por el incendio en la Reserva Biológica Indio Maíz, sin liderazgo partidario, sin estructuras organizadas, y continuaron protestando debido a la reforma al seguro social.
Debido al asesinato de más de cincuenta jóvenes, en su mayoría, en marchas en varias ciudades del país, la exigencia a los gobernantes es que abandonen el poder. Las protestas han sido sangrientas, se han violado derechos humanos.
En las revueltas sociales se llevan los ánimos al más alto nivel de violencia, por quienes defienden o adversan a gobernantes, la responsabilidad de la paz y negociaciones, antes de los enfrentamientos, es responsabilidad del Señor Presidente.
Sin embargo, la concepción política de Daniel Ortega ha sido imponer violencia, represión, exclusión, y negociaciones con grupos y personas dispuestas a venderse o doblegarse. Desde los años ochenta son conocidas sus tácticas.
Ni en su partido, Daniel Ortega ha permitido exponentes que proponen cambios en la concepción política, los ha desterrado, amenazado, vilipendiado, y a Ortega le han atribuido responsabilidad en la muerte de varios de sus excompañeros disidentes.
Él no es misericordioso, aun cuando en su lenguaje público diga ser cristiano, amante de la paz y el progreso. Negocia encima de la sangre derramada, golpea para que sus interlocutores lleguen temerosos a la mesa de negociación. Hace sentir su poder absoluto. La única posibilidad de paz es obedecerle.
Lamentablemente, Ortega no quiso leer el mensaje de rechazo cuando las abstenciones electorales, cuando al contar los votos comprueba que no lo respalda la mayoría de la sociedad, irrespeta la voluntad cívica y se asigna el poder estatal.
Ahora una buena parte de la población, en generalidad chavalos y chavalas universitarios y adultos que se suman, han tomado las calles y enfrentado a policía y paragubernamentales, con los métodos propios de las sublevaciones.
El pueblo de Nicaragua no supera su estadio rebelde, no es doblegado, no logra la democracia, y sigue regando sangre.
Daniel Ortega ha transcurrido 39 años incidiendo en la política bélica nicaragüense, como gobernante y opositor. Se encuentra, de nuevo, con la responsabilidad de detener o alimentar la matanza.
Los manifestantes le exigen que abandone cívicamente la presidencia y Ortega alienta a sus seguidores a que den la batalla y recuperen el control de las calles. Peligran la cuentas bancarias y propiedades de él, su familia, y allegados.
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